CAPITULO 29
La Coigual Deidad del Espíritu Santo
Con la del Padre y el Hijo
La Escritura, en el Antiguo y el Nuevo Testamento de igual manera, prueba la co-igual Deidad del Espíritu Santo con la del Padre y el Hijo.
Pueda el Espíritu concedernos reverencia y humildad, y temor piadoso en esta solemne investigación.
El lector no falle en observar que la fuerte evidencia colateral de la posible pluralidad en la unidad, y por tanto, de la posible coigualdad de la Deidad del Padre y el Hijo, será obtenida, si es revelado otro en la Escritura como:
- Uno que debe ser distinguido del Padre y del Hijo;
- Uno a quien tales propiedades y acciones personales son asignadas como pruebas independientes y personalidad inteligente;
- Uno a quien los atributos Divinos son adscritos, y por quien los oficios Divinos son ejercitados;
- Uno adorado en igualdad con el Padre y el Hijo;
- Uno que es declarado Jehová y Dios.
Aquí ciertamente podemos esperar que la evidencia sea más subjetiva; por el peculiar oficio del Espíritu Santo en la economía de la redención, siempre es representado como el vivificador y fomentador de la vida oculta dentro de uno. Esto, no obstante, no es menos conclusivo. La prueba de su existencia real es autodemostrativa.
(1) Que el Espíritu Divino debe ser distinguido del Padre y el Hijo, aparece en todos los pasajes en el Escrito Santo, el cual nos revela la cooperación simultánea de los tres agentes infinitos.
De esta manera leemos, en el bautismo de nuestro Señor, de la voz del Padre, de la presencia humana de Jesús, del descenso visible del Espíritu, porque “... el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Luc. 3:21-22) — somos constreñidos a decir, que el Espíritu descendiendo es diferente del Salvador bautizado y del Padre aprobador.
Y cuando Jesús dice, “... y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:16); y cuando esta promesa es cumplida en el día de Pentecostés, encontramos que el Espíritu Santo se asentó sobre los discípulos como en lenguas de fuego; somos constreñidos a reconocer que el aparente Espíritu es distinto del Salvador mediador, y del Padre que decretó el don. Y cuando leemos de “... en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19), y nuevamente de “la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo ...” (2 Cor. 13:14), es imposible negar la necesaria distinción aquí afirmada.
Y cuando los santos son descritos como “... en la santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo ...” (1 Ped. 1:2), las Escrituras nos llevan a concluir que como el bendito Salvador es distinto del Padre predestinador, de la misma manera el Espíritu Santificador mismo es diferente.
Y cuando la bendición de gracia y paz es implorada del que es, y que era, y que ha de venir; y de “los siete espíritus que están delante de su trono; y de Jesucristo el testigo fiel ...” (Ap. 1:4-5), estamos seguros de que como hay una distinción designada entre el Padre eterno y el Señor Jesús, del mismo modo la hay entre ellos y los siete espíritus de Dios.
(2) Procedo, entonces, a considerar que tales propiedades y acciones personales son adscritas al Espíritu como prueba de una personalidad independiente e inteligente.
Pero, es preguntado, ¿no leemos del Espíritu de Dios siendo “derramado”, y “dado en un grado mayor o menor?” Si él fuera una Persona, ¿cómo podría ser derramado o dividido de esta manera? Admitimos aquí plenamente que los términos “espíritu” y “espíritu santo”, algunas veces no indican la persona, sino las operaciones, los dones, las influencias del Espíritu Santo; como por ejemplo, cuando es dicho: “... tomaré del Espíritu que está en ti ...” (Núm. 11:17). Pero la cuestión no es si algunos pasajes pueden ser empujados o no, los cuales indiquen las operaciones e influencias del Espíritu, y por tanto, no establezcan el punto; sino, si además de estos no hay numerosas porciones de la Biblia que positiva e indisputablemente establezcan su personalidad. Admitimos que por “el espíritu” algunas veces son designados los dones y gracias del Espíritu. Estas gracias pueden ser derramadas — estos dones fueron distribuidos. Pero “todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (2 Cor. 12:11).
Ahora si, conjuntamente aparte de esta investigación, le hubiera sido preguntado que nombrara aquellas cualidades que evidencian existencia personal, usted habría estado completamente contento al responder: Demuéstreme que eso que tiene mente, y afecto, y voluntad, que puede actuar, hablar y dirigir; y que siente, ama, determina, habla y gobierna, debe poseer personalidad, o no puede existir personalmente.
Pero leemos en la Biblia de —
La mente del Espíritu. “Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención [o mente] del Espíritu ...” (Rom. 8:27. Compárese la Biblia de las Américas).
La infinita comprensión del Espíritu. “... nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Cor. 2:11).
La presciencia del Espíritu. “... os hará saber las cosas que habrán de venir” - (Juan 16:13).
El poder del Espíritu. “... para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Rom. 15:13). Si el Espíritu fuera una metonimia para el poder de Dios, esta sería una combinación muy improbable.
El amor del Espíritu. “Pero os ruego ... por el amor del Espíritu ...” (Rom. 15:30) - una suplica exactamente congruente con la que había usado cortamente antes - “... os ruego por las misericordias de Dios ...” (Rom. 12:1).
La voluntad autodeterminante del Espíritu. “... repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor. 12:11).
Encontramos que —
El crea y da vida. “El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida” (Job 33:4). Y nuevamente, “Por la palabra de Jehová fueron hechos cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento (Espíritu) de su boca” (Sal. 33:6).
Contiende con los impíos. “... No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre ...” (Gén. 6:3).
Convence de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8).
Crea el alma de nuevo. “... el que no naciere ... del Espíritu ...” (Juan 3:5-8).
Manda y prohíbe. “Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro”; “Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar ...”; “... dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo”; “... les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra ... pero el Espíritu no se lo permitió” (Hch. 8:29; 11:12; 13:2; 16:6-7).
Inspiró a los escritores sagrados. “... los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:21).
Habló expresamente de eventos. “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos ...” (1 Tim. 4:1).
Dijo a las iglesias los mensajes del Hijo del Hombre.
Obró milagros. “Y me levantó el Espíritu, y oí detrás de mí una voz de gran estruendo ...”; “... y el Espíritu me alzó entre el cielo y la tierra ...”; “... comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”; “... el Espíritu del Señor arrebató a Felipe ...”; “Con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios ...” (Ez. 3:12; 8:3; Hch. 2:4; 8:39; Rom. 15:19).
Hizo que la virgen María concibiera. “... porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es” (Mat. 1:20).
Obró en todos los santos, repartiendo diversos dones con independiente espontaneidad de elección.
Regenera y sella a su pueblo, para que seamos salvos por su renovación; — y estamos “... sellados para el día de la redención” (Efe. 4:30), por el Espíritu Santo de Dios.
Intercede por nosotros en oración, porque él “... nos ayuda en nuestra debilidad ... el Espíritu mismo intercede por nosotros ...” (Rom. 8:26).
Nos enseña, consuela y guía a toda la verdad. Porque Cristo prometió, “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho”; “... él os guiará a toda la verdad ... El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 14:26; 16:13-14).
Puede ser enfadado y contristado. “... e hicieron enojar su santo espíritu...” (Isa. 63:10). “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios ...” (Efe. 4:30).
Es designado por el uso de pronombres masculinos, aunque el sustantivo mismo, Espíritu, es neutro. “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará...” (Juan 16:13), y así continuamente en este contexto, donde pudiera ser traducido “Esa persona, el Espíritu”. De igual manera: “Ese Espíritu Santo de la promesa, quien es las arras de nuestra herencia” (Efe. 1:13-14).
Aprueba con consejos personales. “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo...” (Hch. 15:28).
Invita con mensajes personales. “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven ...” (Ap. 22:17).
Personalmente puede ser blasfemado (como Cristo podría personalmente ser blasfemado) pero solamente con el peligro de la condenación eterna. “A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mat. 12:31-32).
Clama en nuestros corazones, “¡Abba, Padre!” (Gál. 4:6).
Repite la bendición pronunciada sobre aquellos que duermen en Jesús. “... dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Ap. 14:13).
(3) Ahora, a este agente Divino le son adscritos atributos, y por medio de él los oficios Divinos son ejercitados hacia nosotros.
El es eterno. “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo ...” (Heb. 9:14). Esta es la misma palabra que es usada de la autoexistencia de la eternidad hasta la eternidad de Jehová.
Es omnipresente. “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú...” (Sal. 139:7-8). Habiendo probado su distinta personalidad, está establecida Su omnipresencia; cuya verdad es ciertamente autoevidente de las obras simultáneas que está llevando a cabo en los miles de corazones a través del universo.
Es omnisciente. Porque solo él, con el Hijo infinito, comprenden al incomprensible Jehová. “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Cor. 2:10-11). La palabra escudriñar, como es usada en la Escritura, no necesariamente implica una adquisición sucesiva del conocimiento que pertenece al ser infinito, porque Jehová dice, “Yo Jehová, que escudriño la mente ...” (Jer. 17:10).
Presciente y devela el futuro. “Y le había sido revelado (a Simeón) por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor” (Luc. 2:26). “... os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13). Y Juan “... estaba en el Espíritu ...” (Ap. 1:10; 4:1-2), cuando fue capacitado a echar una ojeada a través del diagrama de la providencia.
Es absolutamente libre e independiente. “... el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como el quiere” (1 Cor. 12:11; Comp. Juan 3:8; 2 Cor. 3:17).
Es infinitamente bueno y santo. “Y enviaste tu buen Espíritu para enseñarles ...” (Neh. 9:20). “... tu buen espíritu ...” (Sal. 143:10). Es llamado en el Antiguo Testamento, enfáticamente, el Espíritu Santo de Dios. Es titulado repetidamente por nuestro Señor, el Espíritu Santo. Y esta es Su designación distintiva por los apóstoles a través del Nuevo Testamento. Es llamado de igual manera, “el Espíritu de verdad” - “el Espíritu de santidad” (Juan 14:17; Rom. 1:4).
Es el Creador Todopoderoso de todas las cosas. Aquí podría bastar citar un solo pasaje que aclararía la cuestión de una vez por todas. “¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados? ¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?” (Isa. 40:12-14). Ninguna palabra podría expresar más claramente un Creador inteligente, inferior a ninguno, cuya sabiduría era suya propia, cuyo consejo no era derivado, cuya omnipotencia era inherente. ¡Que luz la que se refleja en la simple declaración de Génesis, “... el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gén. 1:2)!
Es sus manos están los dictámenes de la vida y la muerte. “El espíritu de Dios me hizo ...”; “Envías tu Espíritu, son creados ...”; “La hierba se seca, y la flor se marchita, porque el viento [espíritu] de Jehová sopló en ella ...” (Job 33:4; Sal. 104:30; Isa. 40:7).
Y luego, en cuanto a la vida de Dios en nosotros, El es el autor y consumador de ella. Engendra y vivifica el alma, una vez que estaba muerta en delitos y pecados. Nos enseña a orar. Mora en nosotros, como en su templo. Produce sus propios frutos celestiales. Derrama el amor de Dios en nuestros corazones. Nos sella para el día de la redención. Obra en nosotros, nos educa, conforta, dirige, y da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Lleva a cabo la obra de santificación, nos cambia a la imagen Divina de gloria en gloria. Y por él, como el que vivificó a Cristo nuestra Cabeza, vivificará nuestros cuerpos mortales en el día postrero.
Por tanto, concluimos y confesamos que el Espíritu Santo es uno con Dios, y él mismo es Dios, y el mismo es Jehová.
(4) Esto es además establecido por el hecho de que el Espíritu de Dios está revelado en las Escrituras como el objeto de adoración religiosa en igualdad con el Padre y el Hijo.
El capítulo seis de Isaías comparado con Juan 12:41, ya nos ha probado que Dios se manifestó a sí mismo al profeta con la expresa imagen de su persona, su Hijo Unigénito. La voz que habló claramente es dicha que es la voz de Jehová. Pero el mensaje enviado entonces es registrado nuevamente por Pablo, y es empezado con esta extraordinaria introducción: “... Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías ...” (Hch. 28:25). La gloria de Jehová de los ejércitos fue revelada entonces por Jesucristo, y la voz de Jehová fue la declaración del Espíritu Santo. Ahora desciframos el verdadero significado de la triple adoración del serafín cubierto, “... Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos ...” (Isa. 6:3) y obscuramente comprendemos por qué fue preguntado, “... quién ira por nosotros? ...” (Isa. 6:8). Los ángeles de luz, por tanto, adoran al Espíritu Santo con el Padre y el Hijo.
Mencionaré de paso, sin colocar énfasis en este, la visión grandiosa de Ezequiel, en el valle de los huesos secos, en el cual le es mandado dirigirse al espíritu [pneuma - LXX], “... Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán” (Ezeq. 37:9). Otras versiones, como la Versión Moderna dicen - “¡Profetiza al aliento! ... y di al aliento ...”; la Traducción Nuevo Mundo de los Testigos dice - “Profetiza al viento ... tienes que decir al viento ...” Este aliento o viento evidentemente es típico del Espíritu, porque es dicho en la interpretación de la visión, “Pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis ...” (Ezeq. 37:14). La misma versión de los Testigos dice: “Y ciertamente pondré mi espíritu en ustedes, y tendrán que llegar a vivir ...” ; y para mi propia mente la proclamación del viento o aliento es típico de la oración del Espíritu por su poder energizador en la vivificación de las almas de los muertos a la vida de Dios.
El bautismo, no obstante, ofrece un testimonio no ambiguo. Porque “el bautismo es un acto solemne de adoración, indicando entera consagración a él en cuyo nombre somos bautizados. Es la estipulación de una buena conciencia hacia Dios. Ahora, la existencia de una estipulación implica la presencia, o en alguna forma a el conocimiento y la aceptación de la persona a quien es hecho el compromiso. Suponga, entonces, en este caso, la presencia y conocimiento del Hijo y el Espíritu con esa del Padre” (Pye Smith). Aquí nuevamente tenemos, por el expreso mandamiento de nuestro Señor, un homenaje de adoración dado al Espíritu Santo en unión con el Padre y él mismo, en esta confesión sagrada de la fe de todo Cristiano.
También le pediré que compare —
| “Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba, como en el día de Masah en el desierto, donde me tentaron vuestros padres, me probaron, y vieron mis obras” - Sal. 95:6-9.
|
Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz,
no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el
día de la tentación en el desierto, donde me tentaron vuestros padres,
me probaron ...” - Heb. 3:7-9. |
Imparcialmente podemos concluir que Aquel a quien el salmista nos exhorta que adoremos es el mismo de quien dice que los Israelitas provocaron. Este pasaje paralelo nos asegura que era en sumo grado el Espíritu Eterno. Mientras se establece la Deidad del Espíritu, no debemos olvidarnos de la unidad esencial con el Padre y el Hijo. Para aquellos que creen esto, todo simple mandamiento de “adorar a Dios” abarca la adoración del Espíritu Santo; pero en el anterior era en sumo grado el Espíritu. El Espíritu era el Uno de la sagrada Trinidad en su mayor parte destacadamente tentado y enojado por los Israelitas, y por tanto, el más sobresaliente a ser suplicado.
| “Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” - Mat. 9:38.
|
“... dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado ... Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo ...” - Hch. 13:2-4. |
Aquí Cristo mismo se une en oración a él, quien envía los
ministros. Que este es el oficio especial del Espíritu Santo, lo aprendemos
de Hechos; y tenemos por tanto, la certificación de Cristo para adorar al
Espíritu.
Nuevamente, teniendo en mente que “... el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo ...” (Rom. 5:5), siendo este su oficio peculiar, le pido que examine las siguientes oraciones:
“Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros, para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo ...” (1 Tes. 3:12-13).
“Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo” (2 Tes. 3:5).
En ambas suplicas tenemos al Padre y a Cristo nombrados además de Aquel a quien la oración es dirigida; ¿no podríamos estar seguros que este es especialmente el bendito Espíritu de amor?
El Libro de Apocalipsis sella el testimonio. Porque, como hemos visto, el otorgamiento de gracia y paz es implorado igualmente del Padre eterno, y de los siete espíritus que están delante de su trono, y de Jesucristo (Ap. 1:4-5). Esta es una suplica directa. Y finalmente, tenemos en los capítulos cuatro y cinco una visión de la adoración celestial, reposando en lenguaje simbólico muy expresivo. Un trono está establecido en el cielo. Esta es entonces una pregunta de absorbente interés, quién es el Ser adorable, en quien se concentra alrededor de sí mismo este homenaje de los santos y los ángeles. ¿Es entonces la unidad del Uno allí adorado tan simplemente una unidad como para excluir alguna pluralidad subsistiendo allí dentro? El trono fue establecido en el cielo, y Uno se sentó en el trono. Pero, ¿está este Un solo en infinita soledad? El Señor nos capacite para guardar nuestro pie a medida que nos acerquemos a esta gloria inefable. ¿Qué dice la Escritura? La voz del Hijo del Hombre estaba ahora solamente en silencio. “... yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Ap. 3:21). (Una evidente distinción es inferida aquí entre el trono de Cristo, el cual a su pueblo le fue admitido compartir, y el trono del Padre, la gloria suprema de la cual el Hijo solo participa). Y en estricta concordancia con esto encontramos, “... y vi en medio del trono ... en pie un Cordero como inmolado ...” (Ap. 5:6); y la adoración universal del cielo es dedicada igualmente “... Al que está sentado en el trono, y al Cordero ... por los siglos de los siglos” (Ap. 5:13). ¿Pero es esto todo? ¿Hemos llegado ahora al límite de eso revelado? Pienso que no. La pregunta debe presionarse sobre todo estudiante reflexivo, ¿qué posición sostienen “los sietes espíritus de Dios” en medio de este curso de la adoración celestial? ¿Están ellos entre los adoradores, o son adorados? En la bendición del primer capítulo intervienen misteriosamente entre el Padre y el Hijo, como uno de los Tres benditos que son la fuente de la gracia y la paz. En el tercer capítulo el Hijo del Hombre se describe a sí mismo como teniendo los siete espíritus de Dios. En el capítulo cuatro aparecen como las siete lámparas de fuego que ardían delante del trono (v.5). ¿Pero qué cuando leemos de nuevo acerca de ellos? “Y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como inmolado, que tenía siete cuernos, y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra” (5:6). Esto implica su estrecha unión con el Cordero; por cuanto, cuando él, juntamente con el Padre eterno, recibió ese maravillo homenaje universal, los siete espíritus de Dios deben haberlo recibido con él. Cuan hermosamente parece ahora la armonía con la bendita oración de apertura, y cuan apropiada es ahora la triple adoración de los querubines, “... Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir” (Ap. 4:8, aquí solamente y en Isaías 6:3). La visión es simbólica, pero simboliza la verdad; y es muy sugestiva de la más sublime adoración siendo recibida en el trono eterno por el Padre, y por el Hijo, y por el Espíritu Santo.
La adoración divina es, por tanto, con la autoridad de la Escritura, rendida al Espíritu. Admito que en algunos de los casos la evidencia es más bien circunstancial que directa. En la economía de la redención es el oficio del Espíritu Santo prendernos el “... espíritu de gracia y oración ...” (Zac. 12:10), para interceder por nosotros y con nosotros, y capacitarnos, con el espíritu de adopción, a orar como Jesús le enseñó a sus discípulos, “Padre nuestro que estas en los cielos”.
(5) Finalmente, la comparación de la Escritura con la Escritura demuestra que el Espíritu Divino es Jehová y Dios.
| “Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre...” - Gén. 6:3. |
“... cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé ...” - 1 Ped. 3:20. |
| “... e hicieron enojar su santo espíritu ... ¿dónde el que puso en medio de él su santo espíritu ...el que condujo por los abismos ...El Espíritu de Jehová los pastoreó...” - Isa. 63:10-14. |
“Y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo?
...” - Núm. 14:11. |
Compare también los pasajes paralelos. Aquí aprendemos que el provocado fue el Espíritu Santo, y fue Jehová. Por tanto, el Espíritu es Jehová.
| “El Espíritu de Jehová ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua” - 2 Sam. 23:2. |
“El Dios de Israel ha dicho, Me habló la Roca de Israel ...” - 2 Sam. 23:3. |
Por tanto, a menos que usted admita que había tres, o al menos dos oradores Divinos que inspiraron a David, el Espíritu de Jehová es el Dios y la Roca de Israel.
| “... Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías ...” - Hch. 28:25. |
“... el Señor Dios de Israel ... como habló por boca de sus santos que fueron desde el principio ...” - Luc. 1:68-70. |
| “... los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo ...” - 2 Ped. 1:21. |
“Toda la Escritura es inspirada por Dios...”- 2 Tim. 3:16. |
El Espíritu, por tanto, es Dios, ciertamente el Señor Dios de Israel. Añado otros pocos pasajes (seleccionados de muchos), la conclusión de lo cual es igualmente incontrovertible.
| “... lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” - Juan 3:6. |
“Porque todo lo que es nacido de Dios ...” - 1 Juan 5:4. |
| “... lo que Cristo ha hecho por medio de mí ... con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu Santo ...” - Rom. 15:18-19. |
“Alabad a Jehová ... al Dios de dioses ... al Señor de señores ... Al único que hace grandes maravillas ...” - Sal. 136:1-4. |
| “Mas el Consolador, el Espíritu Santo...” - Juan 14:26. |
“Yo, yo soy vuestro consolador ...” - Isa. 51:12. |
| “... andando ... en el consuelo del Espíritu Santo ...” - Hch. 9:31 [Versión Moderna; Comp. Reina-Valera, 1909;Nacar-Colunga]. |
“... y Dios de toda consolación, el cual nos consuela ...” - 2 Cor. 1:3-4. |
| “... ¿Por qué convinistéis en tentar al Espíritu del Señor? ...” - Hch. 5:9. |
“... No has mentido a los hombres, sino a Dios” - Hch. 5:4. |
| “... vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo ...” - 1 Cor. 6:19. |
“... vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos ...” - 2 Cor. 6:16. |
Estos pasajes podrían ser multiplicados grandemente; pero de esta comparación, observando la forma en que los nombres y oficios de Dios y del Espíritu Santo son intercambiados, concluimos que este mismo Espíritu Eterno es Jehová, el Dios de Israel, el Señor Dios, el Señor de señores, el Dios de dioses, el Dios viviente, el Ser Divino que vivifica y consuela — en una palabra, El es Dios.
Pero aquí quiero recordarme a mí mismo y a mis lectores que ninguna evidencia, no obstante conclusiva, puede asegurar una creencia salvadora en la Divinidad del Espíritu Santo. El entendimiento podría ser convencido, mientras el corazón podría estar rebelde. Pero el Señor Jesús dice a sus discípulos, “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, el cual el mundo no le puede recibir, porque no le ve, ni le conoce ...” (Juan 14:16-17). Y el apóstol Pablo, mientras con consciente integridad declara que hablamos las cosas que nos son dadas libremente de Dios, “... no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1 Cor. 2:12-13), parece purificar sus esperanzas con la humilde recordación de que, “... el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios... porque se han de discernir espiritualmente” (v.14). Y por consiguiente, viendo que tenemos un Sumo Sacerdote que es tocado con los sentimientos de nuestras debilidades, arrodillémonos juntamente al trono de la gracia y supliquemos en oración su propia y real promesa, “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Luc. 11:13) - que todos nosotros, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, podamos ser transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor (2 Cor. 3:18).
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