CAPITULO 15

 

JESUS:  DIOS Y HOMBRE (1)

 

Como observemos la naturaleza de Jesucristo es una cuestión vital.  No podemos mirar desde lo alto esta discusión, porque  Jesús mismo dijo que “... si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (Juan 8:24).  La única forma en que podemos llegar a una correcta observación de Jesús es a través de un estudio diligente de la palabra de Dios.  Ciertamente hay tanto material para establecer la identidad de Jesús que difícilmente podemos decir suficiente.  Casi toda página de la palabra de Dios tiene que decir algo acerca de esto; y no es una pérdida de tiempo gastar una buena parte de nuestra energía en la discusión de este.

 

Hemos admitido que esta no es una cuestión fácil de entender.  Cómo pudo Dios ser realmente manifestado en la carne, es casi incomprensible.  Abundan paradojas en la Biblia, forzándonos simplemente a aceptar por fe lo que Dios claramente nos ha dicho:  Que Jesucristo era ambos, Dios y hombre.  Es de nosotros aceptar lo que es dicho, y dejar la especulación a un lado (Deut. 29:29).

 

Mi contención es que no debemos pensar de Jesucristo aparte de Su total persona.  Hacerlo así es lo que crea las notorias inconsistencias en nuestro pensamiento.  Esto es lo que ha hecho que algunos digan que Jesús no podía haber sido Dios mientras estaba en la tierra; y que otros nieguen que realmente vino en la carne (1 Juan 4:2-3).  También, a menudo escuchamos que Jesús debe haber hecho algunas cosas solamente como hombre, y otras cosas solamente como Dios.  Esta idea parece decir que Jesús cambió de naturaleza dependiendo de la situación.  Una idea prevaleciente es que Jesús tenía dos espíritus — uno divino, el otro humano.  Se seguiría que en ciertas ocasiones, el espíritu divino cedió al espíritu humano; y en otras ocasiones,  el espíritu divino tomó control.  No obstante, esto no es enseñado en ninguna parte en las Escrituras con referencia a Cristo.  Todo pasaje que se refiere al espíritu de Jesús lo muestra teniendo un sólo espíritu (por ejemplo, Marcos 2:8; 8:12; Luc. 10:21; 23:46; Juan 11:33; 13:21, etc. — “espíritu” es siempre singular).  Nunca hay indicación de que Jesús tuviera “espíritus” en el sentido plural — uno humano, el otro divino.  Con Jesús, hay una personalidad — un espíritu dentro de un cuerpo.   Aquí dentro reposa su doble naturaleza.  Su espíritu era divino, Su cuerpo era carne y sangre (humano).

 

La Biblia nos dice que “el Verbo [Logos] fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).  Algunos toman este pasaje para que diga que Jesús fue hecho algo completamente diferente en naturaleza que lo que era previamente.  Sin embargo, la palabra traducida fue hecho no indica un cambio de Su naturaleza interior, sino el comienzo de una nueva experiencia.  Su entrada a una nueva condición.  Entrando en esta nueva condición no cambió la naturaleza de Su espíritu.  Guarde en mente que “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb. 13:8).  Su naturaleza esencial no cambió.  No perdió las características que lo hacían lo que El era, pero añadió una naturaleza humana.  Se vistió a Sí mismo de carne.  El Verbo es Dios (Juan 1:1); y Dios es espíritu (Juan 4:24).  Si abusamos la palabra fue hecho, tomando la declaración como un cambio de Su naturaleza divina, también podríamos decir que el Verbo, siendo espíritu ciertamente se volvió carne.  Tal cosa significaría que un cuerpo de carne sin un espíritu anduvo errante por la tierra declarando ser Dios.  Esa posición lo despojaría de los atributos esenciales de hombre:  Cuerpo y espíritu.  No obstante, el espíritu no se convirtió en carne; el espíritu se vistió de un cuerpo de carne y habitó dentro de ese cuerpo.  Esto es confirmado por el hecho de que la palabra traducida habitó significa moró.  El Logos literalmente “moró entre nosotros” en carne.  Esto es simplemente otra forma de decir, “Dios fue manifestado en carne” (1 Tim. 3:16).  Jesús dijo, “... me preparaste un cuerpo” (Heb. 10:5).  Jesús no se había convertido en algo más para habitar en el cuerpo que fue preparado para El.  El, como el Logos divino, y nada menos que eso, habitó en este cuerpo preparado de carne y sangre.  Además, Hebreos 10:5 nos dice que fue un cuerpo el que fue preparado para El, no otro ser humano con cuerpo y espíritu, como sería necesario para enseñar que El tuvo dos espíritus.  Jesús no cohabitó este cuerpo con otro espíritu, un espíritu humano.  No obstante, para El probar la muerte, fue necesario habitar un cuerpo de carne y sangre.  En esta forma “... fue hecho un poco menor que los ángeles ...” (Heb. 2:9).  Sin embargo, difícil podría ser para nosotros entenderlo, podemos creer lo que las Escrituras enseñan con respecto a la encarnación de Jesucristo.

 

Habiendo dicho todo esto, debemos entender entonces que todo lo que Jesús hizo, toda situación que enfrentó, fue hecha así como “Dios manifestado en carne”.  Jesús era ambos, Dios y hombre en esta tierra.  No apareció en Su completa gloria, ni ejercitó Su completo poder mientras estuvo en la tierra.  Yo creo que venció el pecado sin usar sus habilidades divinas; pero las tenía.  Eso es inherente en Su naturaleza.  Mientras estaba aquí, la mente de Cristo era tal que estaba determinado a vivir aquí en el papel de siervo y finalmente probó la muerte por todos los hombres (Fil. 2:5-9; Heb. 2:9).

 

¿Quién Murió En La Cruz?

 

La Biblia usa la palabra muerte para indicar separación.  No significa “aniquilación”.  La muerte no es cesación de la existencia.  Es una separación.  Cuando el hombre muere espiritualmente, es separado de Dios (Isa. 59:1-2).  Cuando el hombre muere a sí mismo, se separa a sí mismo de las pasiones y deseos de la carne (Gál. 5:24).  Cuando el hombre muere físicamente, el espíritu se separa del cuerpo (Sant. 2:26; Ec. 12:7).  El espíritu no deja de existir.  Simplemente cambia de habitaciones.

 

Con esto en mente, dirijamos nuestra atención a la muerte de Cristo.  Algunos objetan fuertemente la idea de que pudiera haber sido Dios en  esa cruz.  Después de todo, nos es dicho, Dios no puede morir.  Quizás aquellos que dicen tal cosa fallan en pensar de un extremo a otro de su posición.  Tal posición, primero que todo, parece malinterpretar el uso Bíblico de la palabra muerte.  Segundo, la indicación sería entonces que  Jesús, mientras estaba en la cruz y muriendo, era solamente un hombre.  Las consecuencias de tal posición son pasmosas.  Finalmente, esto significaría que estamos aún en nuestros pecados, porque uno que es solamente un hombre no podía calificar para hacer lo que Jesús hizo.  Considere:

 

1. El contexto de Colosenses 2 muestra que Cristo era y es completo Dios (v.9).  El que tiene toda la plenitud de la Deidad era el que murió para hacer disponible el perdón de nuestros pecados (v.11-13).  En esta muerte, “anuló” y “clavó en la cruz” la ley de Moisés (v.14).  Si Jesús no era Dios mientras estaba en la cruz, entonces estos versículos son sin sentido para nosotros, la ley de Moisés está aún en vigor, y nosotros aún estamos en nuestros pecados, porque es “en El” (Jesús) que tenemos perdón.   No podemos separar lo que “El” es de lo que llevó a cabo.  El era Dios en cuerpo humano.

 

2. Esto significaría también que no podría haber reconciliación con Dios (Efe. 2:13-18), porque ningún hombre común y corriente podría llenar el vacío entre Dios y el hombre.  Jesús es nuestro perfecto mediador porque El que es Dios participó también de la humanidad (1 Tim. 2:5).  Como verdadero hombre, Jesús nos representa correctamente ante el Padre; como verdadero Dios, hace posible nuestra reconciliación con El.  Nuevamente, no podemos separar lo que Jesús  es, de lo que llevó a cabo.  El que llevó a cabo esto, es ambos, Dios y hombre, o no llevó a cabo estas cosas en absoluto.

 

3. El libro de Hebreos establece ambos, Su Deidad y Su humanidad.  Hebreos 9 hace clara la superioridad de la sangre de Cristo sobre la sangre de los animales sacrificados.  Es “por medio de la muerte” que se convirtió en el Mediador del nuevo pacto (v.15), porque “donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador” (v.16).  Ahora preguntamos, ¿quién es el testador del nuevo pacto?  Hebreos 8 hace claro que es Dios.  Si Jesús no era Dios mientras estaba en la cruz, entonces el nuevo pacto no es válido, y no hay remisión de pecados para nosotros (v.22).  Un hombre común y corriente,  aún si es perfecto, no podría haber saciado el requerimiento.  Al menos podría salvarse a sí mismo; pero los pecados de todo el mundo demandaban un sacrificio que ningún hombre común y corriente podía saciar.  Un precio de infinito valor no puede ser pagado por un ser finito.  Si pudiera haber sido así, no hubiera sido necesario enviar a Jesús a esta tierra.  Fue el sacrificio del que poseía ambas, la Deidad y la humanidad, lo que abrió “el camino nuevo y vivo” por medio del cual podemos acercarnos a Dios (Heb. 10:19-22).  Pablo dijo a los ancianos Efesios que apacentaran la “iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28).  Un hombre común y corriente muriendo en la cruz no podría haber comprado pueblo para Dios.  Dios lo hizo a Sí mismo en un cuerpo de carne.

 

Algunos que objetan esto lo hacen así sobre la base de que “Dios no puede morir”.  Es verdad que Dios, que “habita en luz inaccesible” (1 Tim. 6:16), no puede “morir”, como pudiéramos pensar del uso de ese término en el materialismo de hoy día.  Quizás esto es un pensamiento retrospectivo de los pensamientos de los rebeldes e impíos de los sesenta cuando las personas cantaban “Dios está muerto”.  Lo tal es ciertamente blasfemo.  Guarde en mente, a pesar de eso,  que Bíblicamente, muerte es separación.  Jesús habitó en un cuerpo de carne y sangre, y en este cuerpo “probó la muerte” (Heb. 2:9).  En otras palabras, Cristo experimentó la muerte.  No murió en que dejó de existir, sino que experimentó la muerte en que conoció la separación.  El espíritu partió del cuerpo (Hch. 2:31), y de esta manera murió.  En la cruz, clamó:  “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, entonces él “entregó el espíritu” (Luc. 23:46; Mat. 27:50).  Guarde en mente,  es el espíritu quien es Dios.  Los Pentecostales, que creen que Jesús tenía dos espíritus, argumentan que el espíritu divino dejó el cuerpo exactamente antes de que muriera, de manera que fue solamente un hombre el que murió.  El efecto de esta posición aún significaría que el espíritu partió y se separó del cuerpo, de esta manera experimentando muerte.  Luego el espíritu humano probó la muerte también, lo cual significaría que Jesús probó la muerte dos veces.  Si hubo dos espíritus, ¿significa esto entonces que ambos de aquellos espíritus estuvieron en el Hades?  ¿Fue entonces el espíritu humano el que entregó en Mateo 26:50?  ¿De cuál espíritu se está hablando en Hechos 2:31 — el espíritu humano o el espíritu divino de Jesús?  ¿Cuál de estos espíritus regresó en la resurrección?  Esta es una falsa concepción con respecto a Jesús,  y un mal uso del concepto Bíblico de la muerte.

 

Jesús había probado la muerte por todos los hombres y cargado las consecuencias del pecado (2 Cor. 5:21).  Como resultado, conoció la carga de llevar los pecados del mundo a medida que clamaba:  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46).  Yo no entiendo todo lo que sucedió.  Solamente sé lo que nos es dicho, es decir, que Jesús, como Dios y hombre, probó la muerte y cargó los pecados del mundo en la cruz.  No se convirtió en culpable de aquellos pecados, pero tomó el castigo por aquellos pecados sobre Sí mismo.  Ahora, es a causa de esto, que podemos “ver la justicia de Dios en El”.

 

Conclusión

 

Avancemos para que conozcamos y entendamos a nuestro Gran Dios y Salvador.  Llevó a cabo tanto por nosotros al venir en la carne.  Nunca separemos la plenitud de lo que Cristo es de lo que El llevó a cabo.  Hizo lo que hizo como Dios y hombre.  Sus ejecuciones en términos del cumplimiento del plan de Dios para la salvación del hombre es algo que solamente El podría haber hecho.  A pesar de nuestras limitaciones de entendimiento debido a nuestras mentes finitas, seamos agradecidos y alabemos al Dios del cielo y la tierra por el gran amor con que nos amó.  

[Gospel Anchor, Vol. 17, Pág. 130, T. Doy Moyer].

 

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