Es
imposible hacer una distinción entre Dios, Su esencia y Sus atributos.
“YO SOY EL QUE SOY” o “El que es” (Exodo 3:14) existe como un auto-existente
(Rom. 1:23; 1 Tim. 6:16; Juan 5:26), eterno (Deut. 33:27), infinito
(Salmo 139:7-10; Isa. 46:9-10; Jer. 32:27), inmutable (Sal.
102:25-27; Mal. 3:6; Stg. 1:17), Espíritu (Juan 4:24).
Si dejara de ser alguna de estas cosas, no podría ser Dios.
En otras palabras, la esencia de Dios (eso es, eso que lo hace ser
lo que El es) no podría ser alguna otra cosa que lo que es; y eso que hace
a Dios lo que es, por supuesto, son Sus atributos.
Por tanto, nunca es correcto pensar de Dios aparte de Su esencia o
atributos. En efecto, Dios no tiene una esencia; El es Su esencia,
y no tiene atributos; El es Sus atributos.
Por
ejemplo, la Biblia nos dice que Dios es amor (1 Juan 4:8,16).
Nos informa que el amor de Dios es grande (Efe. 2:4),
eterno (Jer. 31:3; Efe. 1:4-5), infinito (Efe.
3:18-19) y confiable (Rom. 8:35-39).
Si el tema de la Biblia es la redención del hombre, entonces la palabra
central de la Biblia es el amor. En
efecto, la Biblia nos dice que la motivación para el esquema de redención
es el amor de Dios por Su creación.
¿Cuánto amó Dios a Su creación?
La amó tanto que estaba deseando dar a Su Hijo unigénito de manera
que pudiera ser redimida (Juan 3:16; 1 Juan 4:9).
Pero, ¿qué clase de amor haría tal cosa?
Para entender esto, debemos comprender que el amor de Dios por la humanidad
es una clase de amor distintivo llamado ágape (pronunciado ah-gah-pay). ¿Y qué es ágape? Primariamente,
ágape es bien hacia los demás. Es un interés profundo, tierno y cálido por la felicidad y
bienestar de los demás; es caridad hacia aquellos en necesidad.
Cuando
la Biblia dice: “Dios nos ama”,
quiere decir que El realmente se preocupa por nosotros y siempre hace lo que
es mejor para nosotros. El amor
de Dios es diferente de las otras clases de amor en que este busca dar y no
recibir; busca no satisfacer alguna necesidad del amante, sino mas bien la
necesidad del que es amado. Esto
es lo que Dios es, eso es, ¡esta es Su naturaleza!
Despoje a Dios de Su amor y no continuaremos teniendo al Dios que se
ha revelado a Sí mismo a Sus criaturas.
Despójelo de Su amor y lo que queda es algo similar a los dioses de
los paganos, que son ídolos para su propia destrucción (Oseas 8:4).
No
obstante, lo que la Biblia no dice acerca de la esencia y naturaleza de Dios
es exactamente tan importante como lo que dice.
Por ejemplo, aunque la Biblia enseña que Dios es Sus atributos
y características, no enseña que algún atributo en particular de Dios es
Dios. En otras palabras, la Biblia
no está diciendo, y nunca ha dicho que el “Amor es Dios”.
Al contrario, lo que la Biblia enseña es que “Dios es amor” (1 Juan
4:8,16). Claramente, entonces,
la Biblia nos instruye que Dios es Sus atributos y características.
Cualquiera que crea la Biblia, cree esto.
Consecuentemente, Dios es, ha sido, y siempre será quien y lo que El
es en este preciso momento.
Dios
es Trino
En
el estado de ser Dios (Deut. 6:4; Rom. 3:30; 1 Cor. 8:4), hay tres personalidades
claramente diferentes: El Padre,
el Hijo o Verbo y el Espíritu Santo.
Cada una de las personalidades comparte plenamente la una esencia,
naturaleza o estado de ser Dios. Todo
lo envuelto en ser Deidad es poseído por cada una de estas personalidades.
En otras palabras, la Biblia enseña que hay uno, y solamente un Dios;
pero esta al tiempo enseña claramente que el Padre es Dios (Juan 6:27; Gál.
1:1; Fil. 2:11), el Hijo es Dios (Juan 10:30; 20:28) y que el Espíritu Santo
es Dios (Hch. 5:3-4). Aún así,
debe ser entendido que aunque la Biblia dice que Dios es tres personas en
una esencia (Comp. Mat. 28:19; 2 Cor. 13:14), ella no enseña el “Triteísmo”
(eso es, tres Dioses). Como Roy
Lanier, Sr. escribió en su libro, La Trinidad Eterna:
“No afirmamos que el un Dios
es tres Dioses; afirmamos que hay sino un Ser Espíritu infinito, pero dentro
de esa una esencia Espíritu hay tres personas distintas, cada una de las cuales
podría ser, y es, llamada Dios; cada una capaz de amar y ser amada por las
otras; cada una teniendo una parte distinta a jugar, pero no separada, en
la creación y salvación del hombre” (Pág. 46).
Pienso
que es prudente advertir que, cuando se piensa de Dios, es posible usar “persona”
o “personalidad” en un sentido incorrecto. Si no somos precisos en nuestro pensamiento, podríamos concluir
que las tres personas o personalidades que son Dios son simplemente
como las personas o personalidades humanas, excepto que son mas complejas.
Esto sería un serio error. Las
personalidades humanas son completamente diferentes la una de la otra, y sus
relaciones son a menudo discordantes y completamente externas (eso es, no
participan de la misma esencia). Por
otro lado, las tres personalidades que son Dios participan de la una esencia
y son siempre armoniosas. En
otras palabras, no debemos tratar de pensar de la personalidad divina dentro
de los limites de la personalidad humana, como si Dios fuera sino una imagen
mas compleja de la persona humana. Hacerlo
así sería idolatría, pura y simple (Comp. Rom. 1:23).
Consecuentemente, uno no debe presionar demasiado el concepto de personalidad
cuando se aplica a Dios.
Dios
En Tres Personas
¿Qué,
entonces, estamos diciendo cuando hablamos de Dios en tres personas?
Como ya hemos indicado, la personalidad divina es el arquetipo de la
personalidad humana; no es lo otro al contrario.
Si, por supuesto, esto es verdad, entonces debe haber algunas similitudes
entre la personalidad divina y la personalidad humana.
En efecto, ¡las hay! Como
Pablo enseñó a los Atenienses: “Siendo,
pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro,
o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres” (Hch. 17:29). En otras palabras, no somos sin vida, materia impersonal, y
tampoco lo es Dios. La Biblia
enseña que Dios es Espíritu, y nosotros que somos Su linaje, tenemos una naturaleza
espiritual. La Biblia enseña
que Dios es personal, y nosotros, que somos Su linaje, participamos de la
personalidad. En su excelente
libro, Qué Dice la Biblia Acerca del Creador, Jack Cottrell
señala cuatro elementos que son característicos de la personalidad: (1) Conciencia racional, (2) conciencia de sí mismo, (3) libre
albedrío, y (4) la capacidad de tener relaciones con las demás personas (Pág.
237). Estas características son,
en efecto, una parte muy intrincada del retrato que Dios pinta de Sí mismo
en la Biblia, desde el principio hasta el fin.
Basado sólo en la Escritura, nadie dudará jamás de la personalidad
de Dios.
Además,
si el Espíritu autoexistente, eterno, infinito e inmutable tiene tres personalidades,
y esto es lo que la Biblia enseña, entonces el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo participan de la personalidad. Como tal, cada uno disfruta de conciencia racional, conciencia
de sí mismo, libre albedrío, y la capacidad de tener relaciones con otras
personas. Esto significa que
el Padre está consciente de Sí mismo como una persona individual aparte del
Hijo y el Espíritu Santo y viceversa.
Significa que el Padre, de Su propia libre voluntad, decidió enviar
a Su Hijo a este mundo para la redención de la humanidad.
Significa que el Hijo, de Su propia libre voluntad, respondió positivamente
a la decisión de Su Padre cuando vino a esta tierra y experimentó la muerte
de la humanidad caída. Finalmente,
significa que el Espíritu Santo, de Su propia voluntad, vino a esta tierra
para hacer el mandato del Padre y el Hijo.
Y aunque debe ser entendido que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo
estuvieron y están todos comprometidos en la redención del hombre, no obstante,
cada persona de la Deidad tuvo que obrar para hacer eso que era único solamente
para El (Comp. 1 Pedro 1:1-2). Cuando
uno lee la Biblia, estas verdades son claras.
(Por claro, no quiero decir que pienso que es fácil para las criaturas
finitas entender cómo esta triunidad está basada en la esencia divina.
Al contrario, por claro, simplemente quiero decir que la doctrina de
la naturaleza trina de Dios está enseñada explícitamente en la Biblia).
La
Trinidad Económica y Ontológica
Los
teólogos hablan de la “Trinidad económica” y la “Trinidad ontológica”.
Estas son construcciones que intentan definir a Dios.
La así llamada Trinidad económica se refiere a la “división de labor”
que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y concierne en sí
mismo principalmente con las diferentes obras hechas por las tres personas
de la Deidad en relación al esquema de redención.
Por ejemplo, la Biblia describe a Dios el Padre como previendo y escogiendo
el plan por medio del cual el hombre podría ser redimido (Comp. Rom. 8:29).
En Su papel o trabajo, el Padre nunca es pintado como siendo el enviado.
Al contrario, el Padre envía al Hijo y al Espíritu Santo (Juan 5:37;
14:26; 20:21). A su vez, el Espíritu
Santo está comprometido en la obra de santificación (1 Ped. 1:1-2) y también
es el agente de la inspiración (Juan 16:13; 2 Ped. 1:21). En esta conexión, es interesante notar que es solamente la
blasfemia contra el Espíritu Santo, y no contra el Padre y el Hijo, la que
es imperdonable (Mat. 12:31-32). (Ciertamente,
uno puede ver de esto que las tres personas de la Deidad son verdaderamente
distintas). Por supuesto, es
la obra de Jesús, el Hijo de Dios, la que recibe mayor atención en el Nuevo
Testamento. Esto es porque es
El quien “fue hecho carne, y habitó entre nosotros ...” (Juan 1:14).
Fue solamente el Hijo quien experimentó la muerte por nosotros.
Fue solamente el Hijo quien fue resucitado de los muertos, tomado físicamente
al cielo, y sentado a la diestra de Dios.
Es solamente el Hijo quien es el Sumo Sacerdote y Mediador entre Dios
y el hombre (1 Tim. 2:5; Heb. 4:14).
Por
tanto, la Biblia enseña que, cuando se llega al esquema de redención, hay
obras hechas por el Padre que no son hechas por el Hijo o el
Espíritu; hay obras hechas por el Hijo que no son hechas por
el Padre o el Espíritu; y hay obras hechas por el Espíritu
que no son hechas por el Padre o el Hijo.
Esta es la división basada en la Biblia de la labor o Trinidad Económica
que derrama alguna luz sobre la así llamada Trinidad ontológica (eso es, cómo
las tres personas de la Deidad están relacionadas dentro de su propio ser,
totalmente aparte de cualquiera de las manifestaciones u obras dirigidas afuera
por sí mismos). Discernir una
triunidad en la manifestación y obras externas de Dios no es demasiado andar,
pero cuando uno gira su atención a la Trinidad ontológica, las cosas empiezan
a volverse mucho mas difíciles. Por
ejemplo, ¿las apelaciones del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son distinciones
eternas dentro de la Trinidad o son derivadas de las varias obras de Dios
en el esquema de redención? Alexander
Campbell, por ejemplo, enseñó que Jesucristo pre-existió como el Logos Divino
o Verbo de Dios (Comp. Juan 1:1)., pero que Su condición de Hijo empezó con
la encarnación. Acorde a Campbell,
la entera “relación del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo empezó a ser” durante
los días de Augusto César (The
Christian Sistem, Pág. 9-10).
Personalmente, no estoy seguro que la eterna condición de Hijo de Cristo
sea Bíblica, y además, realmente no veo cuál es la diferencia.
Hay varias referencias explícitas a la Deidad de Cristo en la Biblia;
consecuentemente, Su Deidad o igualdad con Dios no depende en una relación
eterna de la condición de Hijo.
Entonces,
¿cómo explicar la Trinidad ontológica?
Personalmente, no pienso que podamos con algún grado de especificación.
Cuando tratamos, parecemos fallar, y fallamos miserablemente.
Además, muchos intentos por explicar o describir la Trinidad ontológica
(eso es, tres en Uno) ciertamente se inclina hacia la idolatría (Comp. Rom.
1:22-23). Debemos recordar siempre
que Dios no es hombre; por tanto, El finalmente no puede ser explicado o entendido
por medio de tratar compararlo con las criaturas finitas.
Y aunque es absolutamente imposible para tres criaturas finitas consistir
de la misma esencia, no obstante, Dios, quien es tres personas Divinas, y
Quien es identificado en la economía de la redención como el Padre, el Hijo
y el Espíritu, es también, y al mismo tiempo, un Ser Espíritu autoexistente,
eterno, infinito, inmutable. No
puede haber duda de que la doctrina Bíblica de la Trinidad trasciende los
límites de nuestro conocimiento finito.
Por la razón sola, sin ayuda de la revelación divina, no podemos resolver
la Trinidad ontológica. Pero,
por concentrarse en la Trinidad económica revelada a nosotros en la Biblia,
podemos saber lo que el Dios Trino quiere que sepamos
acerca de Sí mismo. Consecuentemente,
estoy de acuerdo con el profesor B.B. Warfield, quien concluyó:
“Cuando hemos dicho estas tres cosas, entonces — que hay sino un Dios,
que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo es cada uno Dios, que el Padre
y el Hijo y el Espíritu Santo es cada uno una persona distinta — hemos enunciado
la doctrina de la Trinidad en su entereza” (“La Doctrina Bíblica de la Trinidad”,
en B.B. Warfield, ed., Estudios Bíblicos y Teológicos, Pág.
22-59).
La
mitología está llena de numerosas tríadas, pero hay sino un sólo Dios Triuno.
Y si no hubiera sido por el esquema de redención sabríamos muy poco
de Su triunidad. En efecto, aunque
hay alusiones en el Antiguo Testamento de que la Deidad consiste de mas de
una persona (véase el artículo
de Maurice Barnett, “Diversidad de Funciones En la Deidad”, en Gospel
Anchor, January 1991), si la Escritura no hubiera descrito a Jesús
de Nazaret como Dios encarnado y al Espíritu Santo como Deidad, la cuestión
de la Trinidad nunca habría surgido.
Esto significa que Jesucristo y el Espíritu Santo son prueba fundamental
de la doctrina de la Trinidad. Esto
quiere decir que si el Jesús preexistente (eso es, el Verbo o Logos Divino
de Juan 1:1) ciertamente se despojó a Sí mismo de Su Deidad o Divinidad, de
manera que la “plenitud de la Deidad” no moraba en Su cuerpo terrenal, como
algunos corrientemente están enseñando, entonces el Dios Trino, quien se ha
identificado a Sí mismo como un Espíritu autoexistente, eterno, infinito,
inmutable, dejó de existir como había existido, al menos por un período de
tiempo. Por tanto, uno puede
ver fácilmente que la popular controversia sobre la Deidad de Cristo no es
una cuestión de una “tempestad en un vaso de agua”; sino que es, en lugar
de eso, una cuestión que golpea el mismo corazón del evangelio.
En el espacio que queda planeo señalar la verdad Bíblica de que nunca
hubo un tiempo cuando el Logos Divino no era Dios con “D” mayúscula.
“Jesucristo
Es El Mismo Ayer, y Hoy, y Por Los Siglos”
Jesús
es Dios. Este es el significado
básico de la encarnación. En
Juan 1:1, el Espíritu Santo enseña que el Verbo (eso es, el Logos) no solamente
estaba en el principio con Dios, sino que el Verbo era
Dios. En los versículos 14-34,
aprendemos que el Logos se hizo carne en la persona de Jesús de Nazaret.
Y en un libro escrito de manera que los hombres creyeran que Jesús
es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo pudieran tener vida en
Su nombre, Tomás, hablando de Jesús, exclamó, después de verlo en Su cuerpo
resucitado, “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28).
Por supuesto, hay otros pasajes que hablan directamente de Jesús como
Dios, pero en vista de que todos ellos son refutados por algunos, no los he
mencionado. No obstante, los
pasajes citados sirven para demostrar a aquellos que están deseando creer
la Biblia, que Jesús, en efecto, es Dios.
Además,
el escritor de Hebreos, diciéndonos que Dios había profetizado acerca de Jesús,
escribe: “Mas del Hijo dice:
Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo” (Heb. 1:8).
También, El claramente identifica a Jesús como el Jehová y Elohim del
Salmo 102:25-27, quien existía eternamente antes de que creara los cielos
y la tierra (Heb. 1:10) y quien permanece eternamente él mismo (Heb. 1:11-12),
y por tanto, en la persona de Jesucristo es “el mismo ayer, y hoy, y por los
siglos” (Heb. 13:8). Ver en Hebreos
13:8 solamente una referencia a la fidelidad de Jesús, y no una referencia
a Su inmutabilidad, es, pienso, un serio error.
En efecto, la fidelidad de Jesucristo está basada en Su inmutabilidad.
En otras palabras, porque El no cambia ontológicamente (eso es, porque
siempre ha sido la plenitud de Dios que es en este mismo momento), ha sido,
es, y siempre será, completa y totalmente confiable. Es solamente en este sentido que Jesús pudo identificarse a
Sí mismo como el “YO SOY EL QUE SOY” o “El que es” de Exodo 3:14 (Comp. Juan
8:58). Cuando Jesús dijo:
“De cierto, de cierto os digo:
Antes que Abraham fuese, YO SOY”, usó el tiempo aorista para describir
la existencia de Abraham y el eterno tiempo presente para describir Su propia
existencia, y con eso identificarse a Sí mismo como el Dios autoexistente,
eterno, infinito, inmutable con una “D” mayúscula.
Bien ha sido dicho: “Señor,
tú nos has sido refugio de generación en generación.
Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde
el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” (Salmo 90:1-2).
Tan
difícil como pudiera ser para las criaturas finitas aún empezar a comprender,
cuando el Logos Divino, o Hijo de Dios, se hizo carne (Juan 1:14), o, como
la Biblia dice en otra parte,
vino en condición de hombre (Fil. 2:8), o fue manifestado en carne (1 Tim.
3:15), El no se despojó o renunció a
Su Deidad. Dentro del hombre
Jesús de Nazaret moraba y continúa
morando (porque tal es el significado del tiempo presente), toda la plenitud
de la Deidad corporalmente (Colosenses 2:9).
En efecto, desde un punto de vista Bíblico, el Jesús histórico nunca
es entendido separado de Su encarnación como el Dios autoexistente, eterno,
infinito, inmutable en tiempo y espacio.
Y si fuera verdad que Dios se despojó de Su Deidad aún continuaría
existiendo, pero no continuaría siendo lo que había sido y, por tanto, no
podría llamarse a Sí mismo “YO SOY EL QUE SOY”.
[Gospel
Anchor, Vol. 18, Pág. 103, Allan Turner].
| Inicio |